Signature Billboards

Justo antes del amanecer

Lo que pasó entre ellas las transformó a ambas. Sin embargo, a pesar de que fue comunicado con una cercana proximidad, creció y floreció en cada una con la ausencia de la otra. Sus encuentros más dramáticos, las ahora famosas Persecuciones a Baja Velocidad, no fueron los intercambios reales y, por toda su espectacular magnificencia,  y a pesar de nuestro deseo de insistir en ellas y revivir su emoción, no fueron la verdadera historia tampoco. La verdadera historia, el trabajo más profundo de sus vidas, el trabajo real de transformación, comenzó en un punto cuando sus vidas y sus historias parecían terminar- en los últimos capítulos de sus vidas, no en los heroicos días llenos de acción de su juventud. Aunque esos son los días que nos gusta recordar y contar.

Nos gusta recordar a Agnes, una aparición hermosa y brillante deslizándose a través de los pastizales en patas que se hicieron más y más cortas a medida que su cuerpo se hacía más y más grande, hasta que, un día, desaparecieron tan completamente en los pliegues de su enorme cuerpo que parecía estar nadando a través de la fluida tierra. Una extraña presencia anfibia flotando ligeramente sobre la pradera ligada a la tierra. Una ballena blanca terrestre planeando a través de don por el cual nunca cesó de estar agradecida - un Día más. Y, a su alrededor, ladeandose, balanceándose, subiendo y bajando como olas, bajando y fluyendo, moviéndose al unísono con ella, las espaldas rodantes de los otros 9 cerdos de su piara como ella, los 9 hermanos con quienes se comunicaba sin cesar, con ese sonido que era tan único de ella - mitad canción (un sonido para ella misma), y mitad llamado (canción para los otros), parte expresión de su alma, parte expresión de su manada- cada nota, una declaración distinta, quejumbrosa o alegre que parecía empezar y terminar con un "nosotros", y era entendida, escuchada y respondida nuevamente en 9 voces.

Nunca había habido un día en su vida en que ella no hubiese estado conectada con su comunidad, y no sólo cualquier comunidad, sino la misma comunidad, y esa forma comunal de ser se había adentrado en su persona -  su postura, su modo de andar, su voz, su mirada, sus expectativas, su visión del mundo (de la misma forma en que el eterno aislamiento de Petunia había entrado en ella) - esto define no sólo a ella misma sino a su familia también, los 9 hermanos quienes orbitaban en su amplio ser y se suspendían en su fuerza gravitacional. Ella estaba a cargo y al servicio de la piara, conectada con cada uno de sus miembros, dominante de ellos y completamente subordinada a sus necesidades al mismo tiempo. Ella fue la que decidió quién podría entrar en el pueblo de los cerdos y quién no era confiable en torno a su familia, cuáles de los cerdos recién llegados eran amigos, y podrían unirse de forma segura a la familia después de un periodo de prueba y entrenamiento, como Lucas; quiénes de los cerdos simplemente no encajaban con el grupo, como Oscar; y cuáles de los cerdos eran enemigos, cuya presencia podría alterar la paz, el orden y la identidad del grupo, y tuvieron que ser expulsados, como Petunia. Y ella hizo cumplir sus decisiones, a menudo reclutando la ayuda de los demás miembros del grupo.

Ella era la Matriarca. No solamente Agnes, el individuo, sino Agnes, la familia de 10 y su temprana trágica historia, y su milagroso rescate, y su llegada al lugar más cercano al cielo que un cerdo puede encontrar en esta Tierra dominada por humanos. Ella era la depositaria del conocimiento social y la memoria de su familia. Ella era Nosotros, Agnes.

Nos gusta recordar a Petunia, la grande, mala, roja, respiradora de fuego Petunia quien,  después de pasar la mayor parte de su vida sola, aislada de su familia, parientes, y de la vida en comunidad, fue lanzada de la solitaria celda de gestación, a la granja familiar, a su abusivo “rescatista”, donde sus compañeros, si es que tenía alguno, era meteóricos en el mejor de los casos, había aprendido a disfrutar de su propia compañía y a no confiar en nadie excepto en su robusto, asediado y propio ser.

Ella se pavoneaba, chamuscando la tierra bajo sus pies, con su pecho hinchado, sus ojos de acero, su mandíbula apretada, su piel engrosada como una armadura, a cada paso golpeando el suelo como un mazo de juez, llamando a todo el rebelde mundo al orden, su trágica orden. Se movía por la vida como un barco de guerra, el Barco de Guerra Petunia, avanzando en una nube de fuego preventivo, alquitrán, orina, vinagre, hiel, azufre y maldición, rechazando todo contacto social, conexiones, enredos, expectativas y negociaciones. Empujó al herido Lucas lejos de ella, ahuyentó al sumiso Oscar de los pozos de su lodo, derribó los trípodes y el equipamiento de televisión de visitantes (y uno o dos miembros del equipo en su camino), tiró abajo carpas, depósitos de alimentos, canales de agua y tablas de herramientas con un solo empujón de su nariz de martillo, arrancó la recientemente cementada cerca, con un empuje de sus hombros de acero. Ella nunca se cansó de reafirmar su grandeza, su maldad, su invulnerabilidad, y sobre todo, su independencia total y absoluta de todos y  de todo. Estaba anclada tan exclusivamente en el espacio que su maltratada y asediada persona ocupaba en el mundo, caminando en una soledad tan completa y exquisita, que hizo que incluso el lugar más lleno de vida, bullicioso y denso de población se vea y se sienta abandonado. Ella era su propia tribu, y su propio país autosuficiente, autónomo, independiente y soberano: “Petunia, población:1”.

Nos deleitamos en recordar a la tímida y retraída Iris, la violeta encogida de la familia, la cerda con la personalidad de un cisne y el cuerpo de un rinoceronte, una cerda grande y torpe con el corazón delicado y los anhelos de un pájaro forzado a cumplir las alegrías del alma de un pájaro en un cuerpo sin alas, sin capacidad de vuelo y de cuatro patas.

De haber tenido la oportunidad, probablemente habría elegido la compañía de las aves sobre la compañía de sus cerdos compañeros, y probablemente se habría mudado al establo de pájaros para vivir sus días rodeada de alas y plumas, como Oscar, pero su miedo de dejar la aldea de los cerdos, y sus fronteras seguras, y su terreno determinado, y sus ritmos predecibles la anclaron en el lugar con tal fuerza que ella rara vez se atrevía a salir por su cuenta aunque sea por un corto paseo - y, ¡oh, cuán envidiable debe haberle parecido a ella, la solitaria y autosuficiente Petunia, la nación de uno! Así que se quedó con los cerdos y trató de ser una buena cerda y cumplir con las expectativas de los cerdos y, en raras ocasiones, ella realmente actuó tan plena y poderosamente como la mismísima magnífica Agnes y, tal vez, incluso se experimentó a ella misma como tal. Esos eran los momentos en los que ella “ayudó” a Agnes a echar a Petunia lejos, y cuando ella rompió todas sus confortables prisiones - su granero acogedor, su patio protector, su mundo seguro, su propia comodidad intrínseca - y, por un corto tiempo, se convirtió en una persona diferente, quizá no tanto en la persona que realmente quería ser, pero en la persona como ella quería ser vista: Iris, la cascarrabias.

Pero, sobre todo, recordamos sus ahora legendarias Persecuciones a Baja Velocidad (que se tornan más legendarias con cada relato), que comenzaron cuando Petunia extrañamente se acercó a la piara a la que le había faltado el respeto todas las otras veces, y humildemente pidió aceptación sólo para ser rechazada en espectaculares y ejemplares demostraciones del poder matriarcal y la autoridad que le marcó un Exilio y la desterró no sólo al borde de la aldea de los cerdos, sino más allá, al borde mismo del mundo conocido, el Santuario.

Lo sentías mucho antes de verlo. Empezaba como una ligera conmoción bajo tus pies, un temblor que se volvía más y más fuerte a medida que el lejano rumor se acercaba más y más y reunía la fuerza de un trueno. Veías la cabalgata acercándose como una nube de tormenta viniéndose abajo. Ninguna de ellas pronunciaba un sonido mientras iban a la carga pasándote - Petunia, a la cabeza, con todo su cuerpo en un gesto, cuyo objetivo era el espacio delante de ella, cortando el aire como una cometa roja con pezuñas con dos estrellas atrapadas su curso: Agnes, agitada y resoplando en la calurosa persecución, apuntado hacia Petunia como un estremecido y chisporroteante cañón Tzar de 10 toneladas, e Iris, por detrás de ambas, caminando con pesadez tambaleante y violentamente, como un gigantesco y gelatinoso luchador de sumo a punto de desprenderse de su eje. Todo lo que oías era  el resoplar de su respiración y el estruendo de sus cascos, y sentías la fuerza pura de tres macizos y enormes cuerpos moviendo el aire, sacudiendo la tierra, creando su propio clima y motín en su estela. Para cualquiera que estuviese mirando, la persecución parecía el jugueteo de tres gigantes alborotados corriendo en el campo abierto. Pero no había nada de divertido o simpático en ello. La fuerza que juntó a Petunia y Agnes era cercana a la furia, el miedo y el odio, pero también a un profundo y vago anhelo, un hambre de algo que cada una carecía y la otra poseía en una abundancia tan obvia que hasta nosotros podíamos verla.

Agnes perseguía a Petunia como un ladrón, como una enfermedad, como un mal sueño. Había algo en Petunia, algo en la forma en que se conducía, una turbulencia en su clima interior, un algo herido, espantado y embrujado, que apestaba del destino del cual Agnes y su familia se habían escapado por poco.

La pesadilla que Petunia había soportado hasta su rescate había entrado en su persona, su voz, su mirada, su modo de andar, la seguía como una nube de alquitrán, fluía, emanaba de todos sus movimientos - la forma en que bajaba la cabeza, la forma en que exhalaba en sus sueños, la forma en que respiraba con el aliento contenido del perseguido, la forma en que esperaba que las cosas buenas desaparecieran y las malas florecieran, la forma en que confiaba en la sólida realidad de la lucha y desconfiaba siempre de lo bueno, amable, afectivo, pero patéticamente  buscado de todos modos, la forma en que llevó la cruz de su angustiosa vida, su desarraigo, su exilio de todo lo que ella había amado y necesitado, dentro del espacio inviolable del Hogar de Agnes.

Y Petunia volvía a atormentar a Agnes, una y otra vez, al igual que un mal sueño. Apareciendo de la nada, una nube negra materializándose de improviso sobre la soleada vida de Agnes, oscureciendo el sol de su pacífica existencia, amenazando todo lo que ella  amaba, cuidaba y protegía, demandando la acción inmediata de una Persecución para restaurar el mundo al orden que ella había alcanzado a conocer y esperar.
Después de cada persecución, el mundo era efectivamente restaurado al orden que cada una de ellas había llegado a esperar y entender como tal. Sus expectativas sociales eran confirmadas: Agnes, la Matriarca; Petunia, la Marginada. Sus lugares en el mundo se reafirmaban. Agnes emergía con mucho más poder y grandeza, su poder y pluralidad, afirmados y expandidos -Nosotros, Agnes- los límites de su mundo, redefinidos y reforzados. Y Petunia emergía más arraigada en sí misma, la fortaleza de su yo solitario, endurecidos sus límites aún más impenetrables, su aislamiento, su lugar entre los exiliados del mundo, reafirmando: Yo, Petunia.

Y caminaban por ahí exhibiendo sus identidades como medallas, como escudos, como capas de armaduras. Agnes, parada en su suelo, sin dar un paso más allá, haciendo cumplir la ley de la tierra, su tierra, sólo con la mirada y la postura. Petunia, pisoteando a la distancia con una furia roja, humeando como un barco de guerra después de una batalla. E Iris, congelada en medio del campo, como si de pronto se diese cuenta de dónde estaba -sola en medio de la pradera abierta, lejos, muy lejos de su patio seguro - se ponía tensa y daba unos bajos gemidos antes de juntar sus hombros en un encogimiento de protección y se tambaleaba de nuevo a la aldea de cerdos, de vuelta al viejo zapato de su propio ser, tímida y con la gentileza de un pájaro. Y a veces, en muy raras ocasiones, se detendría junto al granero de las aves y descansaría allí con las ellas, en la profunda paja y el suave batir de alas, y la música suave de los arrullos y cacareos y chirridos, como si ella perteneciera a ese lugar.

Por lo tanto, cuando hablamos de ellas, esto es lo que generalmente nos gusta recordar- sus días jóvenes y vibrantes, el “hacer” de sus vidas, las acciones heroicas conducidas a sus propósitos, los cuerpos vibrantes, sanos y capaces y la fuerza vital que las aceleraba.

Cuando se hicieron viejas y se enfermaron, y sus cuerpos se encogieron, y su fuerza vital disminuyó, consideramos sus historia realizadas, finalizadas. Si mencionamos siquiera algo de esa parte de sus vidas, por lo general está contenido en un breve párrafo. A menudo, no lo mencionamos en absoluto. Sin embargo, esta es cuando la parte más rica de sus historias a menudo comienza a madurar, cuando su trabajo de vida más importante fue realizado, y cuando sus transformaciones más profundas a menudo ocurrieron. Así que aquí es donde la historia realmente comienza.

*  *  *

Agnes comenzó a flaquear en la primavera. Al principio, llegaba tarde para el desayuno, por detrás de todos los demás en la mañana. Luego estaban las mañanas en las que ella no salía en lo absoluto. Pronto, las mañanas se extendieron a días enteros, y los días se alargaron hasta las noches. A veces, varios días pasarían hasta que se las arreglara para levantarse a sí misma para dar un paseo por el jardín, pero eran paseos cortos, nunca se fue muy lejos porque sus articulaciones no podían soportar mucho más el peso de un cuerpo que había sido forzado genéticamente para crecer tan morbosamente grande, y se vencerían, y ella se estancaría en el lodo, y permanecería allí, indefensa como un insecto con las patas aplastadas, hasta que un grupo de gente pudiera juntarse para ayudarla a levantarse.

Durante los últimos 6 meses, su parálisis había crecido progresivamente. Luego de un verano de intentos fallidos de la normalidad, cuando moverse se volvió cada vez más difícil, cuando a menudo terminó durmiendo a cielo abierto, o en el lugar más pequeño de la casa de cerdos con tal de no arriesgarse a ser pisoteada por 9 gigantes torpes en su afán de llegar al desayuno, cuando había perdido, uno a uno, todo lo que había sostenido durante toda su vida - su lugar, su salud, su juventud, su objetivo - finalmente reunió suficiente fuerza un día para levantarse, tambalearse a través de la puerta abierta, y dejar su mundo, su familia, su vida conocida para siempre. Se bamboleó pasando varios graneros vacíos y se refugió en el granero aislado, sin cerdos, el granero de Melvin, un lugar fresco, quieto y recluido donde colapsó en la profunda paja, exhausta luego de su larga expedición. Se estiró de forma segura (por primera vez en semanas), confortablemente (también por primera vez en semanas) sobre su lado derecho, y nunca retornó a su piara, a su mundo, a su propósito, a su postura, a su deber, de nuevo. Fue lo más cercano al suicidio que alguien podría experimentar. Pero fue su decisión, y fue donde y cómo comenzó ella el último capítulo en su vida - sola por primera vez en su vida, en un exilio autoimpuesto de sus parientes, en un granero sin cerdos, donde Melvin, el pavo, estaba de luto por la pérdida de su último amigo, Shylo, y donde a menudo, durante los ocupados días de verano, ellos eran las únicas dos almas dentro del vacío espacio.

Y, con su partida, la piara quedó sin líder, Iris dejó por completo de salir de la aldea de los cerdos - sin el encubrimiento y la distracción de una salida explosiva y dramática a lado de Agnes, se sentía demasiado vulnerable, así es que sólo iba tan lejos como hasta la puerta abierta, donde sacaba la cabeza, miraba a la izquierda y a la derecha, olfateaba el aire, y volvía a la seguridad de su patio cerrado - y las Persecuciones a Baja Velocidad que habían acelerado el paisaje del santuario pararon tan de repente como habían empezado, mientras tanto Petunia, la némesis de Agnes, estaba prófuga, todavía vagando por los campos sin nadie para oponerse a ella, libre de unirse a la piara si así lo deseaba, pero, como salió a la luz, eso nunca había sido su deseo. Lo que sí hizo, ahora que Agnes no estaba ahí para echarla, fue caminar dentro del patio de cerdos, ir todo el camino hacia el granero, y pararse allí silenciosamente frente a la puerta abierta, mirar a la piara envejecida dormir, y roncar, y gruñir suave, y darse confianza unos a otros, y zumbir en sus sueños, y acercarse lentamente unos hacia los otros lo más posible para soñar juntos.  

A veces, si uno de los cerdos se levantaba y avanzaba pesadamente hacia ella, Petunia se alejaba y se escondía detrás de la esquina del granero, desde donde seguía observando en silencio, como prisionera de un buen sueño. Quizás eso fue todo lo que siempre quiso. Quizás nunca se trató de aceptación en la manada sino simplemente de que se le permitiera acercarse lo suficiente para ver la inverosímil imagen de una familia de cerdos envejeciendo juntos.

En cuanto a Agnes, estaba sola por primera vez en su vida, y sin la habilidad para ser solitaria. Estaba sola, sin guía y sin amarras en un mundo extraño. Sin embargo, a pesar de sus cargas, se embarcó en hacer el trabajo requerido por la última parte de su vida sin vacilar, sin demora. Se precipitó en el trabajo de su nueva vida de la manera en que siempre lo había hecho, como si cada día fuese un gran regalo. Y aprendió, uno a uno, los tesoros de su mundo restringido - los placeres del alma, los placeres de la mente en reposo, la abundante ausencia del deseo. Si la felicidad es un estado del ser, no del hacer, ella podría aprender a ser feliz.
Cuando estaba saludable, y se sentía bien estar en su cuerpo, cuando su propio funcionamiento era el éxtasis- la corrida, la persecución, la excavación, la búsqueda de comida, el forcejeo, el revuelque, la toma de sol, el baño de lodo con su piel fresca y cuarteada de lodo seco - ella deseaba cada pedazo de la abundancia fastuosa, exhuberante y lujuriosa de la vida y la saboreaba con pasión de cerdo. Pero, ahora que la búsqueda del placer se había convertido en dolorosa y se pasaba sus días tumbada en la profundidad de la paja con los sonidos de la vida campaneando de forma segura, seductoramente a la distancia, con la brisa acarreando los aromas de la vida sucediendo, luchando, sufriendo en cualquier otro lugar, con el zumbido y la invocación de miedo de la vida ya no entrometiéndose con ella ya sea con su belleza o su destrucción, aprendió a disfrutar la lujosa ausencia de las cosas - la ausencia de la irritante estimulación, la ausencia de los dolorosos movimientos, la espléndida ausencia del deseo, el poder absoluto de estar indefensa y segura al mismo tiempo.

A menudo, la atrapábamos soñando despierta, a la deriva entre el sueño y la consciencia—ojos abiertos, respiración calmada, cuerpo relajado, mente vagando en el libre y extenso mundo interior—hasta que un sonido o movimiento repentino la haría sobresaltar de su trance y la traería de vuelta a la realidad agobiante de su cuerpo. Ella soñaba despierta con lo que fuera que soñaba despierta - recuerdos o intensas imaginaciones, una mezcla de cosas sentidas en el momento, cosas que recordaba, cosas que imaginaba, todas mantenidas juntas por el flujo lógico de los sueños: persiguiendo a Petunia, excavando hasta el núcleo fundido y gelatinoso de la tierra, bañándose en el lodo, buscando, buscando febrilmente una manera de salir o de entrar, escapando en el último minuto de algún vago y terrible peligro, saboreando el incomparable sabor de la mantequilla de maní creciendo en las flores, interminables campos de mantequilla de maní y jalea para comer, dormir y revolcarse para siempre, nubes estallando, agua derramándose de las mangueras, manos refrescantes en su espalda, corriendo con piernas dispuestas, corriendo, corriendo tan rápido que se sentía como volar.

Más aún, comenzó a quedarse despierta tarde en la noche cuando el mundo se movía a su ritmo, cuando estaba en armonía con la gentil respiración del mundo. Hubo un tiempo cuando ella saludaba a las mañanas con entusiasmo y gran expectativa. Ahora las noches eran su tiempo, permanecía despierta más que casi todos los demás. Podías a menudo verla yaciendo allí con sus ojos muy abiertos, la luna brillando en sus espejos relucientes, zumbando gentilmente para sí misma, disfrutando la dicha de tener su cuerpo inmóvil en armonía con el mundo inmóvil, el confort de no tener al mundo demandando más de lo que ella podía dar, el placer de dar tanto como el mundo pedía de ella - sueño, quietud - una sinergia de todo tipo, una libertad. Moviéndose al paso somnoliento del mundo de medianoche, sintiéndose incluída, adecuada y en sintonía de nuevo, zumbando para sí misma como muchos cerdos lo hacen, una corriente de sonido fino y constante que fluía hacia adelante como un suspiro, como un respiro musical, como una canción de cuna. Y más y más a menudo, en más y más noches, empezamos a ver a Petunia parada fuera de la puerta cerrada de Agnes, escuchando la hechizante canción de Agnes, paralizada, como si absorbiera lo que la matriarca transmitía a través de la canción, y grabando todo, entendiendo, preservándolo todo antes de que se fuera, antes de que se desvaneciera - la historia de una vida que no le habían permitido tener.

Agnes transformada ante nuestros ojos. Su rica y conectada vida comunal estaba ahora sucediendo en su interior. Ella se había establecido en los ritmos de su nueva vida y había aprendido a navegar su terreno. Ya no estaba más a la deriva en aguas desconocidas, estaba en casa de nuevo. Su nuevo hogar. Su nueva vida. No era perfecta, no era ni siquiera buena a veces, pero era predecible, estaba bajo su control, era suya. Y no tenía precio.
Y luego el fuego golpeó. Empezó con una chispa perdida y, antes de que alguien pudiera agarrar un extintor de incendios, envolvió el granero entero y redujo el tan duramente ganado orden de vida de Agnes a cenizas. Tomó 6 hombres y un tractor para sacarla del granero en llamas, agitándose y llorando, y dejarla a su suerte en el medio del campo helado, aterrorizada, encorvada, con nada más que el abrigo de una manta amarilla, fina como un papel, sobre su cabeza, un sitio extrañamente soleado en el desierto azul y ártico de su vida. Su ojo derecho hundido, mitad enterrado en la piel aplanada de su párpado, estaba cegado al mundo, pero su ojo izquierdo abierto en un desconcierto salvaje. Una vez más, había perdido todo lo que la había sostenido. Y, una vez más, se embarcó en el trabajo de vivir sin demora, sin vacilar, todavía perdidamente enamorada de la vida a pesar de que ésta decayó, se ensombreció y mermó. Más aún porque decayó, se ensombreció y mermó.

Después de pasar una semana en un refugio provisorio, volvió a su establo y a los ritmos de su vida, y a su soñar despierta, y a sus noches despiertas, y a sus extrañas comuniones con Petunia. Pero también volvió al creciente dolor de su cuerpo, que respondía cada vez menos a la medicación y la dejaba temblando más y más frecuentemente, hasta que yacía temblando la mayoría del tiempo.

El único placer que le quedaba era el desayuno con Chris. Ésto circulaba una corriente de vida en su mundo agonizante. Él le traía muffins, comida dulce, manzanas rojas y agua fresca atrapada en grandes tragos de pan empapado, y ella lo saludaba con una agitación de su cola cortada, y un tic en sus pies, como un perro soñando con correr, y una orientación de sus orejas para captar cada sonido de él, y una apertura de sus fosas nasales para captar cada olor, y un brillo en su cuerpo, tratando de levantarse pero sólo agitándose, hasta que él ponía su mano sobre sus costillas y ella se tranquilizaba, abriendo su boca y dejando salir un pequeño suspiro que sólo puede ser descrito como una sonrisa, una sonrisa audible, una sonrisa desde el núcleo de su ser, una sonrisa cuyas ondas sonoras fluían a través de su cuerpo, desenrollando la tensión en sus músculos, estabilizando los latidos de su corazón, profundizando su respiración. Ella consumía los nutrientes de sus desayunos con Chris a través de todos los cinco sentidos.

Pero pronto dejó de comer y beber. El dolor empeoró. Se volvió incontrolable e implacable. No había ninguna cura y ningún alivio.

Ella nos saludó en su forma habitual esa mañana, con el tenue, meneante y débil temblor y una sonrisa en su cuerpo, no porque estuviese ansiosa por el desayuno - ahora negaba toda comida o agua - sino porque estaba feliz por la visita, anticipando el arrebato de alma que traería. Pero no estábamos trayendo el desayuno o noticias de gozo esa mañana. En lugar de eso, guiábamos al veterinario que iba a matarla. Preferimos llamarlo “eutanasia” o “muerte por compasión” porque eso es lo que era para nosotros, pero eso no es lo que era para ella. Por más angustiosa en que su vida se hubiese transformado, ella no quería dejarla. Ella todavía quería quedarse despierta y consciente en la capa espesa de su dolorosa vida. Todavía quería vivirla hasta el último amargo aliento.
Y, a pesar de haber recibido 10 veces la dosis normal de sedante pre-eutanasia, ella todavía luchaba y arañaba para permanecer viva, incluso cuando la aguja encontró su corazón, machacando músculo y cartílago en su camino, incluso cuando la droga entró en la corriente de su sangre, prometiendo no más dolor, pero no más vida tampoco, descanso pero también olvido, no algo mejor que lo que tenía, sino la nada. Ella quería vivir, y nosotros la forzamos fuera de su vida, la borramos de su preciosa existencia pateando y gritando y retorciéndose hasta su último aliento. No hay remedio para eso. No hay manera de borrar el recuerdo de sus momentos finales en la tierra, o de borrar la realidad de que NOSOTROS, en cuya misericordia había confiado, y cuya presencia había saludado con alegría mientras guiábamos a su asesino, somos responsables. Sólo el sombrío consuelo del dolor a medida que continúas sosteniendo su cuerpo - sosteniéndolo mientras la vida se desvanecía lejos de él, sosteniéndolo entonces para que la vida pueda menguar lejos - y la contemplas en toda su belleza terrenal, una última vez y no puedes imaginar nada más hermoso que sus arrugas y verrugas y pandeos, sus ojos nublados, la curvatura de su cuello, la textura rugosa de su mejilla, el ojo hundido en la piel, la espuma de sufrimiento juntándose en la esquina de su boca, la curva obstinadamente asimétrica de su nariz, las patas perdiéndose en la bifurcación de sus pezuñas, temblando cada vez más débiles. Ves, una última vez, la belleza pura y radiante de la vida interior autoconsciente, aún brillando con deliberada conciencia. Lo ves en sus lunares, y verrugas, y bultos, y lesiones, y en la rugosidad y la angustia de su ser, en el aliento entrecortado, en el lenguaje incomprensible (para nosotros) que surgió desde su garganta, como música desconocida, una última vez.

Y le dices cuán hermosa es, y cuán amada, como si la expresión misma del amor borrara su fallecimiento. Y, finalmente, dices adiós, queridísima amiga. Lo que no dices es Perdónanos... No porque no quieras perdón, sino porque lo sabes, aún cuando nunca te vas a perdonar a ti misma, ella, insoportablemente, inmerecidamente, ya lo ha hecho.

Fuera del granero, Petunia permaneció temblando ligeramente, tiritando en el calor del día de la Primavera, como si el frío viniese de adentro, arrastrando sus pies, dando pasos y balanceándose en el lugar, como si pospusiera el comienzo de un viaje, y olfateando el aire atentamente, como si tratara de identificar un olor desconocido. O de recordarlo.

*  *  *

Después de la muerte de Agnes, Petunia declinó rápidamente, como si una fuerza sustentable fuese repentinamente succionada de su ser. Hoy, 14 meses después, Petunia es una persona diferente. Se mueve de manera diferente, actúa de manera diferente, luce de manera diferente - delgada, débil, frágil, pálida, no como la fuerza de pelo rojo, ojos rojos, dientes rojos, pezuñas rojas que solía ser.
Tiene una expresión diferente, más amable, más triste, arqueada hacia la tierra, su piel colgando en su marco debilitado, arrugada y doblada sobre sí misma, fina como un papel.

Se ha mudado a la antigua habitación de internación de Agnes, donde, en la mayoría de los días, parece contenta sólo con descansar en la profunda paja y la sombra tranquila. Pero también hay días cuando, luego de que se levanta con la ayuda de Chris, se tambalea por todo el santuario hasta las 3 de la mañana, moviéndose con un aleteo nuevo en su cuerpo y una nueva alegría en su voz, y saludando a todos los que ve con el suave, tierno, extasiado sonido "Wha! Ahwa! Ack!" que solía estar reservado sólo para Chris - la boca abierta ampliamente en una sonrisa de cocodrilo, lo mejor para dejar salir el cambio del alma - y lo hace con tanta dulzura, tanta benevolencia, tanta generosidad que cuesta creer que es la misma Petunia que despreciaba, fruncía el entrecejo y discutía con todos quienes se cruzaba.

Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Ack, dice a las alborotadas cabras, a pesar de que se precipitan pasándola de largo.

Aaah Aah, Aaah Aah, Ack al Escarabajo Bailey, el jóven cerdo barrigón quién la sigue como un satélite y quien hubiese sido rechazado como una molestia no hace mucho tiempo atrás.

Aaah Aah, Aaah Aah, Wha! Ahwa! Ack! Aah Aaaah a Juliette, la vaca, quien apenas se da cuenta de su presencia.

Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Wha! Ahwa! Ack! Aaaah a los cerdos dormilones, mientras audazmente se bambolea directo hasta la mitad de su casa y se queda ahí en sus piernas destartaladas, ladeándose inestablemente de lado a lado como un puente a punto de colapsar.

Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Aaaah incluso a su antigua rival, Iris, quien se levanta y camina hacia ella. Petunia ya no se escabulle más. Se queda ahí y se tocan las narices y luego simple e increíblemente comienzan a tambalearse juntas alrededor del granero, hombro con hombro, mientras Petunia acaricia a uno y a todos con la bendición de su saludo – Aaah Aah Aaah Aah, Aah Aaaah. Y caminan juntas, con indecisión, Iris, dando pasos con cautela en su encogida contextura, Petunia, avanzando con un corto y sostenido encogimiento de hombros, como si reacomodara su esqueleto con cada nuevo paso. Si queda algo de rencor entre ellas, no entra en sus movimientos. Al menos, no hoy. Hoy, ellas caminan juntas, hombro con hombro, casi apoyándose en la otra, como hermanas, como viejas amigas.

Dan vueltas y vueltas en el granero, dos viejas rivales paseando juntas con una mezcla de placer por el regalo de un hermoso día, y frustración por los crujidos y las quejas de sus cuerpos desmoronados, mientras el pequeño Escarabajo Bailey, quien siguió a Petunia hasta el patio, hace estragos en el salvado de los cerdos, corriendo por encima de las colinas de sus cuerpos dormidos, saltando de cumbre en cumbre, rodando cuesta abajo de los valles, arrojándose a la vida con gritos de gran deleite.

Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Aaaah, Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, profetiza Petunia mientras temblequea fuera del patio de cerdos y dentro del gran mundo, tambaleándose de chico lindo en chico lindo -  Tolstoi la cabra, Rowdy la oveja, Bumper el becerro, incluso Lucas el cerdo maravilla, que es ahora de mediana edad y suavizado en sus modos, y más lleno de sueño que de aventura. Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Aah, rechina gentilmente, roncándoles, casi como riendo.

Aah Aah, Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, Aaah Aah a Misha la llama, y a Hillary la oveja, y a Clarence el pavo, quien ladea la cabeza como si tratara de recordar un sonido extrañamente familiar. Luego ella lleva su profecía más lejos, todo el camino hasta la colina de compost, donde Justice, el novillo, se asolea, y ella se mata tratando de escalar todo el camino hasta la cima  sólo para respirar la música de su bendición directamente en su oído: Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Aaaah, aaahh aah aah, la boca abierta en una expresión de amor desatado, con una sonrisa de oreja a oreja.

Aah Aah, Aah Aah Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, Aaah Aah, Aah Ack Aah Aah a quien sea que resulte estar ahí, palpitando en su pelaje o piel o plumas, incluso a Goosifer quien todavía está vociferando sus interminables protestas, amenazas y ultimátums contra intrusos imaginarios.

Wha! Ahwa! Ack! Aaah Aah, Aaah Aah, canta para todos aquellos quienes tengan alma - un susurro respirado con la boca abierta emanado directo hacia delante desde el núcleo de su ser, más profundo, desde el fondo del alma del mundo, como un suspiro, como un sollozo de deleite al asombroso mundo en cada uno de sus brillantes detalles. Hay tanta benevolencia, tanta generosidad en su saludo, y ella se agota a sí misma para entregarlo a la cara de todas y cada una de las almas vivientes, a pesar de que no espera absolutamente ninguna respuesta, reconocimiento o recompensa.

Hay una quietud en Petunia en estos días, una alegría, una ecuanimidad. Ella parece flotar por encima de su físico, por encima de la contienda y la lucha de los trabajadores sistemas de su cuerpo –el corazón acelerado, los músculos debilitados, los huesos frágiles, la disminución de la visión, la audición apagada, el desvanecimiento del apetito- caminando por ahí con la piel colgando tan suelta alrededor de su disminuido cuerpo que parece estarlo cargando como un vestido viejo a punto de despojarse de él y liberar la vida nueva de su interior.

Al final del día, ella viene a golpear la puerta con su pezuña, preguntando por Chris para que salga. Son las 3 de la mañana y ella espera pacientemente entre los golpes, sentada en cuclillas como un perro. Al fin, Chris se levanta y camina casi dormido por la puerta donde ella lo saluda con su extasiado sonido 'ack, ack'. Él responde en la mejor imitación que puede alcanzar, y ella lo acepta con mucho gusto, con gracia, con un brillo en su persona que se inicia en la punta de las orejas, fluye hacia abajo por su espalda, hormiguea en sus pezuñas, y la electriza hacia el movimiento. Ambos saben que es hora de volver a la granja y caminan juntos, Petunia rechina y cruje como un tembloroso cobertizo de metal, Chris camina adormilado a su lado con la mano en su espalda para hacerle saber que sigue allí. Les toma una eternidad cubrir la corta distancia entre la casa y el granero, pero eventualmente llegan y él le ayuda a recostarse, lo que hace con dificultad, jadeando bajo el peso de la edad.

Mientras se va callando y se va dejando llevar por el sueño, su saludo "Wha! Ahwa! Ack! Aaah Ack" gradualmente conduce a un zumbido suave y constante, que recuerda tan inquietantemente a la canción de cuna de Agnes, que detiene tu corazón. No porque, en la canción de Petunia, oyes la voz de Agnes a través del tiempo. No porque, en ella, oyes el propio alma de Petunia expresando efusivamente su esencia al ser que habita en todos los demás, incluso en los hermanos de sus torturadores. Sino porque, en su música, oyes, ligeramente, finalmente, el latido silenciado de tu propia humanidad y sabes más allá de la razón no sólo lo que la inarticulada pronunciación de Petunia significa — ¡Yo soy tantos! — sino el mandato que dicta. Deja vivir.

Joanna Lucas
© 2009 Joanna Lucas
Just Before Dawn
Translated by Melanie Mara Berbel and Soledad Moretti


Si vivir éticamente es importante para ustedes, por favor recuerden que no hay nada compasivo en la ganadería “humanitaria”, del mismo modo del que no hay nada ético o defendible del consumo de productos de origen animal. Cuando nos enfrentamos ante la injusticia fundamental inherente a toda la ganadería - un sistema que se basa en infligir un sufrimiento enorme, intencional e innecesario y la muerte a miles de millones de individuos sintientes - la única respuesta ética es hacer el esfuerzo de detenerlo, haciéndonos veganos, no regulándola apoyando métodos “mejorados” de producción de lácteos, huevos, carne, lana, seda, miel y otros productos animales. Para más información, por favor lee The Humane Farming Myth. Vive vegano y educa a los demás para que hagan lo mismo.